La Generación Perdida

Adeces - Wednesday, June 12, 2019.
Enviado por Adeces

 

Por Enrique Martínez Reguera

 

 

 

Me proponen desde la asociación Adeces que escriba un artículo sobre “la generación perdida” en los años 80/90, y me sugieren que lo haga desde una perspectiva muy personal.

 

 

 

Durante 45 años, 1970/2015, he acompañado como educador de calle a niños y jóvenes de los barrios marginales de Madrid. Por eso, abordar ese tema me desagrada profundamente, porque me duele en carne viva y sería incapaz de teorizar sobre el asunto. Lo que escriba será pues puramente descriptivo y al tiempo, dolorosamente íntimo.

 

 

 

En 1970 llegué al barrio de La Celsa (Cerámica Española Ladrillera S.A.) situado en la carretera Vallecas/Villaverde, barrio soterrado hoy bajo el lazo de carreteras que bordea Mercamadrid. Fui allí como educador, por iniciativa propia, con la intención de colaborar en lo social con los adultos y en lo escolar con la población infantil y juvenil.

 

 

 

Era un barrio de chabolistas que vivían de recoger desperdicios en el vertedero de Altamira que se hallaba a tres kilómetros de allí. Lo más característico y evidente del barrio era su pobreza extrema y el estigma delictivo que se le achacaba. Por aquel entonces, al resto de Madrid, este barrio le suscitaba lástima o indiferencia y cierta cautela.

 

 

 

Hacia 1980 de un modo inexplicable y repentino empezó a llegar a La Celsa gente extraña, que traía voluminosos pero invisibles fardos de marihuana. Ofrecían a los chavales del barrio 10 gramos, nueve para vender y uno gratuito, para consumir o vender en beneficio propio. Y de repente los críos y sus familias empezaron a hacer dinero.

 

 

 

Al cabo de un par de meses sin saber por qué desapareció la marihuana y los chavales sustituyeron ese vacío esnifando pegamento. Y de repente de nuevo nos empezaron a abastecer, pero ahora de heroína en vez de marihuana. Allí, en La Celsa, en donde no había ni calderilla para satisfacer las necesidades básicas, empezó a sobrar dinero para la compraventa de heroína. Y empezaron a visitarnos coches lujosos de Andalucía, de Cataluña, de toda España, que venían a adquirirla.

 

 

 

Y todo este proceso que acabo de describir acaeció en un margen de cuatro meses. Sin duda como respondiendo a una minuciosa planificación empresarial.

 

 

 

Luego, se empezó a vender también en la Plaza Vieja y en el bulevar del Puente de Vallecas. Y en menos de un año el fenómeno se extendió a toda España.

 

 

 

Desde 1975 yo acogía en mi casa en torno a media docena de chavales que me encomendaba la Junta Provincial de Protección de Menores y el Tribunal Tutelar. Niños de entre 12 y 16 años que no encajaban en ningún centro oficial porque daban mucha guerra. Eran chiquillos muy resentidos con la vida, con las instituciones y la autoridad, pero que en realidad solo necesitaban comprensión, cariño, toneladas de paciencia y que les dedicáramos mucho tiempo. Aunque con infinidad de incidentes cotidianos, nuestra convivencia con ellos era posible y a todas luces positiva.

 

 

 

E igual que hice yo en Vallecas fui conociendo a otras personas que realizaban una labor similar con población marginal: Enrique de Castro en Portazgo, Entrevías y El Pozo, Pedro Cid en el barrio de Las Margaritas en Getafe, Paula Domingo en Pan Bendito de Carabanchel, Lourdes Ibáñez en Villaverde y otros muchos después, como Luis Sanjuan y Teresa en Canillas o las Madres contra la Droga y etc., etc. Como nuestra labor era muy similar, fuimos coincidiendo en ella hasta que creamos la Coordinadora de Barrios. Que por contagio luego se extendió a otras ciudades: Murcia, Valencia, Burgos, Logroño, Oviedo, etc.

 

 

 

Cuando la heroína llegó al Puente de Vallecas algunos de mis chavales empezaron a consumirla y nuestra convivencia se convirtió en una locura o un infierno porque para eso no estábamos preparados. E igual le ocurrió a los compañeros que acabo de mencionar.

 

 

 

Y nuestros barrios dejaron de suscitar lástima o indiferencia, para provocar miedo y reclamar castigo, porque mediante la heroína los habían criminalizado.

 

 

 

Curiosamente, en su inicio, la heroína invadió los barrios pobres y la cocaína los barrios pudientes.

 

 

 

Recuerdo que aparecieron entonces por la ciudad unos carteles, como esquelas enormes RIP, que decían “la droga mata”. Y en la prensa salió una fotografía del Ministro del Interior con un multimillonario italiano, que venía a crear en España la Asociación Nacional contra la Droga.

 

 

 

Acudí a pedir ayuda al despacho improvisado que este señor instaló en la Castellana y la muchacha que atendía en recepción no me supo aconsejar nada porque de las drogas no tenía ni idea, pero eso sí, me hizo el panegírico de aquel acaudalado italiano que nos venía a salvar.

 

 

 

Poco tiempo después me llegó la noticia de que el fundador de aquella a Asociación contra las Drogas era un notable traficante reclamado ya en diversos países.

 

 

 

Como muchos de nuestros muchachos la consumían, pero confiaban en nosotros, cuando querían romper su dependencia de los tóxicos no tenían inconveniente en darnos datos muy concretos. Con ellos, desde la Coordinadora de Barrios organizamos en la Glorieta Colón la primera manifestación que hubo en España contra las drogas, a la que asistieron en torno a 20.000 personas. E hicimos una lista de 120 puntos de venta que ofrecimos al Ministerio de Justicia primero y al Parlamento, después. No al Ministerio del Interior porque nos constaba que algunas comisarías se habían contaminado. Ambos nos lo agradecieron efusivamente, pero como si nada porque la heroína se siguió vendiendo en todos aquellos lugares y luego en muchos más.

 

Así fue como en los años 80/90 los consumidores fueron fumigados, aniquilados como insectos. Unos murieron de sobredosis, otros de sida, otros en un accidente y otros a balazos. Recuerdo que un mes de enero mis compañeros y yo acudimos diez veces al tanatorio a enterrar chiquillos, algunos de 15 años.    

 

 

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